¿Qué es el estrés?

Cotidianamente hablando todos sabemos que “estar estresado” equivale a decir estoy agobiado, tengo demasiado trajín o jaleo, la situación me sobrepasa… etc. Por lo tanto lo que tengo que hacer es relajarme y descansar ya que de lo que no hay duda, es de la relación existente entre el estrés y ciertos problemas de salud.

Si quisiéramos dar una definición más biológica de este fenómeno tan común y presente en nuestros días, tendríamos que decir que el estrés es una respuesta de nuestro organismo en su intento por recuperar el equilibrio homeostático perdido. Para ello, el cuerpo activa toda una gama de acciones que irían desde la activación de determinadas partes del sistema nervioso o la secreción de determinadas hormonas e inhibición de otras, hasta la aparición de ciertos cambios fisiológicos. Así pues, los agentes estresantes serian aquellos capaces de romper ese equilibrio.

El problema que se plantea es que del estrés que sufren los animales ante los agentes estresantes físicos agudos o crónicos y cuyo resultado no es otro que ayudar al animal a conservar la vida (imaginemos a una oveja intentando no ser la cena de una manada de lobos, o a una rana soportando un periodo de intensa sequía…), hemos pasado al estrés psicológico no tan adaptativo y que a diferencia de los animales, solemos crearlo los seres humanos por la simple anticipación de que algo amenazante va a ocurrir. Es decir, algo que en principio supone una respuesta perfectamente adaptada para que nos enfrentemos a situaciones de emergencia, se convierte por su aparición continua ante pensamientos como la declaración de la renta o las cosas que debo hacer mañana, en una respuesta ineficaz y que provoca en nuestro cuerpo toda una serie de alteraciones dañinas para la salud si se mantienen a largo plazo.

Efectos

Una de las características de la respuesta del estrés es la de movilizar energía y llevarla allá donde ese necesita. Dicho de una forma simple, todo lo que no sirva para hacer frente a la situación peligrosa queda paralizado. Es decir, cosas como el crecimiento, la digestión o la respuesta sexual no se necesitan para escapar de esos lobos que quieren merendarse a nuestra oveja.

En los seres humanos pasa algo parecido y alguno de los incómodos efectos que veremos aparecer irán desde el aumento de la sudoración y ritmo cardiaco o la intensificación de la respiración que se llega a hacer entrecortada, hasta la mayor tensión muscular y toda una serie de desordenes digestivos y hormonales así como aumento de presión sanguínea y dolor de cabeza entre otros. Esto sin olvidar los efectos psicológicos como la irritabilidad, perdida de atención o apatía que nos llevan a un estado de vulnerabilidad que mantenido en el tiempo puede favorecer la aparición de enfermedades, problemas para conciliar el sueño e incluso de relación interpersonal.

Pero el estrés no es algo que aparezca de repente y sin aviso. Según los estudios de Hans Selye en los años sesenta, habría tres fases…

  • Fase inicial o de alarma que es cuando al cerebro le llega la información, a través de los sentidos, de una posible situación amenazante y evalúa si somos o no capaces de enfrentarnos a ella. Si el resultado de esta evaluación es negativo, se dispara la alarma y el organismo genera las acciones necesarias para hacerle frente. Pensemos por ejemplo en una bajada de glucosa, un frío intenso, una herida… o si queremos algo más impactante, en un atraco una avalancha humana en un sitio cerrado.
  • En la fase de adaptación se mantiene el nivel de activación mientras dure el estimulo y es cuando lógicamente se produce el cansancio. Una vez recuperado el equilibrio todo vuelve a la normalidad.
  • Si no conseguimos recuperar ese equilibrio entraríamos en la tercera fase también llamada de agotamiento. Si imaginamos lo que seria vivir todos los días como si de una situación de emergencia se tratara, es más fácil entender por qué esta respuesta mantenida a largo plazo es nociva para la salud.

Resumiendo: La respuesta del estrés nos hace falta para enfrentarnos adecuadamente a ciertas situaciones como por ejemplo, una emergencia física y sin ella, tendríamos graves problemas. Se imaginan que el cuerpo no disparase la alarma de que sin darnos cuenta nos estamos desangrando?. Ahora bien, si activamos esta respuesta reiteradamente y no conseguimos desactivarla de forma adecuada, al final algo que nos protege, se vuelve tan nocivo como el propio peligro. La respuesta pierde su sentido adaptativo y positivo para ser efecto de pensamientos como “qué pasará si mañana no se me da bien el examen” o del simple hecho de que nuestro equipo de fútbol vaya perdiendo el partido.
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 Causas y soluciones

Viendo el alboroto que es capaz de provocar el estrés, parecería fundamental averiguar qué hace que aparezca y cómo podemos evitarlo.

En general, podemos decir que ningún estimulo ni situación es de por si estresante una vez excluidos los ya citados eventos físicos como desastres naturales o situaciones de peligro a nuestra integridad. Adquirirían este calificativo en función de cómo el individuo los maneje o se relacione con ellos. Si pensamos en un león suelto por la calle, evidentemente no será calificado con el mismo grado e intensidad en cuanto a estimulo generador de estrés para un domador que va a buscarlo, que para la abuelita que se lo encuentra.

Existen muchas variables relacionadas con el estrés y su aparición. Por ejemplo, ciertos acontecimientos vitales como la muerte de un ser querido, la separación conyugal, el despido laboral, un embarazo, el cambio de domicilio y un largo etcétera. Es evidente que algunos acontecimientos vitales y biográficos van a provocar en nosotros una intensa respuesta emocional y fisiológica pero no son estos acontecimientos por si mismos los causantes del malestar. De hecho, según para quien, un divorcio es causa de tensión o incluso de alivio. Como ya indicamos anteriormente lo fundamental en la respuesta estresante es no tanto la situación externa como la percepción interna que cada uno de nosotros tengamos acerca de nuestra posibilidad de manejar lo que esta pasando con probabilidad de éxito.

Así pues, además de los acontecimientos vitales, si queremos explicar la causa de esta respuesta, tendremos que tener también en cuenta nuestra forma de percibir lo que esta ocurriendo, nuestra experiencia previa y aprendizaje, nuestras habilidades y defensas para hacer frente a la situación, el modelo que tengamos de respuesta fisiológica y las estrategias y conductas de afrontamiento, entre otros.

Sirva como ejemplo, parte de la escala que los investigadores norteamericanos Holmes y Rahe elaboraron en 1.967 sobre el peso que la gente daba a ciertos acontecimientos como generadores de estrés.

  • Muerte del cónyuge 100%
  • Divorcio 73%
  • Separación conyugal 65%
  • Encarcelamiento y confinación 63%
  • Muerte de un familiar cercano 63%
  • Enfermedad o lesión grave 53%
  • Matrimonio 50%
  • Despido 47%
  • Reconciliación conyugal 45%
  • Jubilación 45%

En la población española, González de Rivera y Morera en 1.983 hicieron el estudio paralelo y como era de suponer según que cultura, el valor dado a las cosas cambia. Parece que los españoles, en honor a esa fama de latinos apasionados, dábamos más peso a los asuntos de Cupido que los americanos.

  • Muerte del cónyuge 92%
  • Divorcio 50%
  • Matrimonio 60%
  • Reconciliación conyugal 62%
  • Rotura de un noviazgo o situación similar 50%
  • Enamorarse o iniciar una amistad intima y profunda 57%
  • Embarazo deseado 67%
  • Embarazo no deseado 65%
  • Aborto provocado 51%

Evidentemente no todo el mundo sabe enfrentarse a las situaciones de la misma manera y nuestra personalidad, va a matizar mucho nuestra propensión a sufrir esta dolencia. No es lo mismo que nuestro carácter sea tranquilo y sosegado, calmoso y confiado, que competitivo y autoexigente. Que seamos flexibles o rígidos, con capacidad de adaptación y tolerancia a la frustración o impacientes e insatisfechos. Esa conocida “filosofía de la vida” que cada uno de nosotros tenga, va a influir mucho en que seamos presa o no del estrés en un momento dado. Basta con imaginar a quien ante un revés se dice así mismo “así es la vida”, o a quien se desespera buscando fallos en si mismo o en los demás. En cualquier caso y dado que todos podemos sufrir de esta dolencia, pensemos en algunas de las cosas que podemos hacer para aliviar la situación.

Existen multitud de terapias para encontrar la paz perdida e incluso centros especializados directamente en estos temas. Los tratamientos van desde la farmacología con relajantes y tranquilizantes a alternativas como la homeopatía o aromaterapia. EL yoga, la musicoterapia, hidroterapia o masajes serian otra alternativa e incluso se podría hablar de dietas que favorecen o no la aparición de un exceso de excitación. Las técnicas de relajación muscular y respiración así como las psicológicas, como el control mental o reestructuración de los pensamientos ineficaces e inadecuados, completan entre otras la multitud de maneras que se pueden usar para hacer frente al estrés.

Factores psicológicos del estrés

Aunque la situación o agente que lo provoque sea la misma, no todos nos vamos a estresar de la misma manera ni con la misma intensidad. Esto se debe entre otras cosas, a los factores psicológicos que modulan la respuesta del estrés. Los más importantes serian: Posibilidad de salida a la frustración o desplazamiento de la agresión, redes de apoyo social, capacidad para predecir, sensación de control y percepción de que las cosas mejoran o empeoran.

Parece que es más fácil enfrentarse a un agente estresante si de alguna manera disponemos o incluso imaginamos, una salida a la frustración. El que haya gente que más que padecer ulcera te la provoque, seria una confirmación de la eficacia de esta variable. Algo parecido ocurre en el caso de las redes de apoyo. Enfrentarnos a una mala noticia con un hombro sobre el que llorar, alguien que nos escucha o que nos da afecto, no es igual que si además de estresados también estamos solos. De hecho, existen estudios que muestran el efecto sobre la salud de este factor hasta el punto de señalar que las personas con pareja o amigos, tendrían mayor esperanza de vida.

Respecto a la capacidad de predecir y cómo su perdida puede desencadenar la respuesta de estrés, solo hay que recordar lo que ocurrió con los bombardeos nazis en Londres. Allí eran continuos y a intervalos exactos mientras que en las afueras, más esporádicos pero no tan predecibles. Hubo un aumento de la incidencia de úlceras en esa época y la población que más la sufrió fue la de las afueras. Otro ejemplo serian los condenados a muerte en fecha indeterminada.

En cuanto al control, parece ser que lo que realmente importa no es tanto el ejercitarlo como la creencia de que se tiene y si pensamos en la fobia a los aviones, a pesar de que son menos peligrosos que los coches, lo entenderemos mejor… la sensación de control en un avión es nula, mientras que en un coche aumenta. Otros ejemplos serian el de la automedicación y el dolor crónico (se pide medicación no solo para calmar el dolor sino la incertidumbre) o el efecto del aumento de responsabilidades en los ancianos institucionalizados. Por ultimo, si pensamos como reacciona un padre de un niño con un 25% de probabilidad de morir por tumor en plena fase de remisión de la enfermedad, entenderemos el efecto de la percepción de que las cosas mejoran. De forma menos trágica, el aviso del dentista que ya termina a la siguiente incursión en nuestra dolorida boca, nos ilustra el efecto de esta variable.

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Los babuinos del Serengueti

Estudiar a un grupo de babuinos controlada la variable del rango, le sirvió a Sapolsky para ver ciertos rasgos de personalidad que coincidían en monos que no tenían niveles elevados de glucocorticoides ante situaciones de estrés psicológico y social. Desde el punto de visto ecológico, la abundancia de recursos permite a estos primates estresarse como lo haríamos nosotros. Entre esos rasgos descubrió la importancia de distinguir una situación amenazante de una neutral en una interacción con un rival, el adoptar una postura pasiva o tomar las riendas de la situación iniciando la acción primero, el saber si se ha ganado o perdido (si su vida mejora o empeora) y buscar un chivo expiatorio.

Estas situaciones se parecen bastante a nuestro estrés psicológico: saber si la situación es o no amenazante o si se gana o no, es como la capacidad de predecir. Iniciar la pelea indica un elevado grado de control social. Pegar después de ser pegado es una salida a la frustración.

Es importante no obstante, no llegar a la conclusión de que las cosas son sencillas y que todo se basa en tener más control, más capacidad de predecir, más salida a la frustración y más redes sociales.

Pensemos que no todas las relaciones sociales tiene el efecto de calmarnos. Todos conocemos a ciertas personas que nos agitarían en el mejor de los casos y nos provocarían úlcera en el peor. Tenemos que matizar que la capacidad de predecir no siempre es eficaz para enfrentarse al agente estresante, sobre todo en el caso de agentes poco frecuentes (meteoritos) o muy habituales (atasco al medio día en la castellana el 30 de julio). Si parece que sirve para ver que estrategia de enfrentamiento tiene mayor probabilidad de funcionar bien en ese caso. Con el control pasa algo parecido. Que juegue a favor o en contra de nuestra respuesta de estrés va a depender del contexto. Ante grandes tragedias, los humanos necesitamos minimizar la sensación de que el control estaba en nuestras manos por razones obvias.

Concluyendo, como estrategias antiestrés tendríamos que:

  • Hallar de forma habitual, salidas para la frustraciones de la vida diaria que sean benignas para los que nos rodean y compatibles con nuestra personalidad… deporte, meditación, baile psicoterapia.
  • Contra hechos trágicos, inevitables e irresolubles, mejor si podemos negarlos para enfrentarnos a ellos. Entre estar preparados para lo peor y cierta dosis de negación, estaría el equilibrio. No es eficaz controlar un futuro incontrolable, ni cosas que ya hayan ocurrido o ya se hayan roto.
  • La información puede ser útil si es precisa y nos permite predecir… el exceso de ésta si además es negativa, sólo aumentará nuestro estrés.
  • El apoyo social es importante, pero uno puede sentirse sólo en medio de una multitud. No es una cuestión de pegote sino de intercambio de verdadero afecto y cuidado.
  • No maximizar ni minimizar las variables psicológicas y su dominio, como estrategia de control del estrés. Hay cosas en las que podemos intervenir… otras en las que no es posible. Al menos, nuestra vida es lo suficientemente segura como para preocuparnos por el estrés.
  • …”Dios mío, concédeme la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, el valor de cambiar las que pueda y la sabiduría para establecer la diferencia“… (Reinhold Niebuht. Adoptada por Alcohólicos anónimos.

Rubén Casado y Pilar Moraleda