Albert Ellis (1913- 2007) fue un psicoterapeuta cognitivo estadounidense. Fundó el Instituto Albert Ellis en Nueva York y llegó a ser considerado, durante los años 80 en Estados Unidos, uno de los psicoterapeutas más influyentes de la historia, junto a Sigmund Freud y Carl Rogers. El mismo año de su muerte, la revista americana Psychology Today le calificó como “el más importante psicólogo vivo”.

Ellis nació en Pensilvania en el seno de una familia judía y se crió en Nueva York. Fue el mayor de tres hermanos. Su padre era un hombre de negocios, actividad en la que tuvo poco éxito, y por la que convivió poco con sus hijos con los que además era poco cariñoso. Su madre era retratada por el mismo Ellis como “una mujer ensimismada con un trastorno bipolar”. Ella también era emocionalmente distante con sus hijos.

Ellis tuvo que encargarse de sus hermanos a pesar de ser un niño enfermizo que sufrió numerosos problemas de salud en su juventud y varias intervenciones quirúrgicas. Sus padres le proporcionaron escaso apoyo emocional durante este período, tras lo que Ellis afirmaba haber “desarrollado una indiferencia creciente hacia esta negligencia”. La enfermedad continuó siguiéndole a lo largo de su vida.

Ellis tenía un temor exagerado a hablar en público y durante su adolescencia fue extremadamente tímido con el sexo femenino. A los 19 años se obligó a hablar con cien de ellas durante el periodo de un mes. A pesar de no haber conseguido ninguna cita, aseguró que se había auto-desensibilizado de su miedo al rechazo de las mujeres.

En la década de los 60, Ellis llegó a ser visto como uno de los fundadores de la Revolución Sexual Americana. Sobre todo en los inicios de su carrera, fue bien conocido por su trabajo como sexólogo y por sus liberales y humanistas, y en ocasiones controversiales, opiniones sobre la sexualidad humana; tema sobre el cual escribió numerosas publicaciones.

Uno de sus mayores hitos fue crear la Terapia Racional Emotiva Conductual (TREC), la cual se basa en la premisa de que “las personas no se alteran por los hechos, sino por lo que piensan acerca de los hechos”; es decir, que no es la situación ni la adversidad la que provoca directamente el malestar emocional, sino que somos nosotros mismos, con nuestras creencias y pensamientos, los que autogeneramos nuestro sufrimiento.

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Este interesante y prolífico autor nos dejó numerosas frases de entre las que hoy vamos a seleccionar cinco:

Toda persona tiene capacidad para cambiarse a sí misma.

Creemos que cambiar a los demás siempre va a ser más sencillo que cambiarnos a nosotros mismos. Esto es algo que nos toca corregir para no cometer algunos errores básicos en nuestras relaciones. El cambio ajeno no existe, pero el propio sí es posible. Siempre se está a tiempo de recuperar el rumbo alguna vez perdido, o de iniciar el camino verdadero que siempre se anheló y que no se pudo, no se quiso o no se supo emprender. Lo importante es saber qué es lo que se quiere (y puede) cambiar y cómo se quiere llegar a ser.

Los mejores años de tu vida son aquellos en los que decidas que tus problemas son sólo tuyos. No es culpa de tu madre, la ecología, o el presidente. Uno se da cuenta de así del control de su propio destino.

Por regla general, tendemos más a asumir como una responsabilidad propia nuestros éxitos y a culpar a otros de nuestros fracasos. La responsabilidad de uno mismo conlleva hacerse cargo de aquello que pensamos, sentimos y decidimos. En definitiva, de nuestra existencia como adultos. Nacemos y morimos solos, y no es tan terrible apoyarse en uno mismo ni aceptar los fracasos en la consecución de objetivos. Nuestros fracasos nada tienen que ver con nuestra valía como seres humanos.

La persona emocionalmente madura debe aceptar por completo el hecho de que vivimos en un mundo de probabilidades y de azar, donde no hay, ni probablemente jamás habrá, certezas absolutas.

No hay razón para pensar que las cosas deberían ser diferentes a lo que realmente son, otra cosa es que nos agrade o no. El estar abatidos por las circunstancias no nos ayudará a mejorarlas, al contrario, es posible que de esta forma las empeoremos. Cuando las cosas no nos salen, está bien luchar por cambiarlas, pero cuando esto es imposible, lo más sano es aceptar las cosas como son. Aunque nos veamos frustrados o privados de algo que deseamos, el sentirnos muy desgraciados es sólo consecuencia de transformar erróneamente un deseo en una necesidad.

A pesar de todo, la injusticia tiene sus puntos buenos. Me ofrece el reto de ser tan feliz como pueda en un mundo injusto.

Es importante aprender a discernir si las circunstancias son realmente negativas, o si estás exagerando sus características frustrantes. De esta forma puedes intentar tomar las situaciones difíciles como un desafío del que tienes algo que aprender. Los individuos racionales se abstienen de condenarse o de condenar a otros como personas, por un comportamiento inaceptable u ofensivo, incluso aunque les desagrade mucho su propia conducta o la de los demás. Las personas que no se atormentan por sentir emociones negativas pueden cambiar las condiciones adversas que sean susceptibles a modificarse y aceptar las que no pueden cambiarse.

Se produce la ansiedad cuando las personas se exigen hacerlo todo bien y sienten que no tienen valor suficiente como seres humanos si no lo hacen.
Deberíamos renunciar a la ambición de vivir una vida perfecta y darnos cuenta de que siempre solemos actuar de forma imperfecta, pues somos falibles como seres humanos, y podemos aceptarnos con esas imperfecciones.

Ningún ser humano puede ser totalmente competente en todos los aspectos o en la mayor parte de ellos. Intentar tener éxito está bien, pero el exigirse que se debe tener éxito es la mejor manera de hacerse sentir incompetente e incapaz. Forzarse más de la cuenta acarrea una gran cantidad de estrés que muchas veces puede traducirse en múltiples dolencias físicas y en un notable descenso de la calidad de vida.

Mejor, concéntrate en disfrutar más del proceso de actuar más que del resultado. Cuando intentes actuar bien es más para tu propia satisfacción, que para agradar o ser mejor que los demás.

El exigir ser aprobado por todos es una meta inalcanzable. Aunque uno pudiera alcanzar la aprobación de los demás, eso exigirá una enorme cantidad de esfuerzo y energía, además del abandono de las propias necesidades.

Es preferible que no intentes erradicar todos tus deseos de aprobación, sino las necesidades excesivas de aprobación o de amor. El no ser considerado por los demás es algo frustrante pero no horroroso o catastrófico.